Entradas

Razones para amar a una biblioteca en un puente

 Razones para amar a una biblioteca en un puente. Porque desde allí puedo ver el camino del sol. Porque parece un pedazo de campo que se niega a partir. Porque la luna llena se prepara para iluminar la vuelta. Porque el cielo escribe con caligrafía de nubes y las lluvias se suspenden. Porque allí, el cielo nos escucha. Porque ponemos música y bailamos en ronda. Porque el espacio invita. Porque nos esconde del barrio apurado. Porque allí los poetas son bienvenidos. Porque crece el pastito sin que nadie vigile. Porque en la hondonada por donde pasa el tren a veces imagino un río de agua torrentosa. Porque es una biblioteca sin techo. Porque en una biblioteca sin techo los pajaritos de la cabeza pueden salir volando. Porque en una biblioteca sin puertas ni candados todos son bienvenidos. Porque en una biblioteca sin techo, el sol ilumina cada palabra. Porque cada uno encuentra sus palabras. Porque hay palabras de tinta, palabras de hilo, palabras de aire. Porque una banda de grillos n...

Empatía

  Empatía Cualquier vecino de Caballito sabe que en la avenida Rivadavia, a la altura del Banco Provincia, salga el sol o llueva, un hombre de traje y anteojos ofrece su mercancía con la dignidad de un árbol :”para cubrir la mesa, para proteger el mantel”.Todo en él es corrección. Una mujer se acerca, le alcanza una bandeja con un almuerzo que huele a comida casera. No lo conoce, sólo sabe que, por alguna razón, está ahí desde siempre. El hombre sonríe, la mira a los ojos y aplaude como un niño agradecido.

El coleccionista

  El Coleccionista En el parque Rivadavia todos conocen a mi abuelo.Cuando él saca nuestro cofre de madera aparecen sus monedas. Entre los coleccionistas me quedo escuchándolo. La de 1960 tiene al cabildo, se la regaló su papá cuando empezó el jardín; la del 78, un estadio de fútbol, la ganó con su primer trabajo, con la de 1820, inventa siempre algo distinto sobre calles de barro y la quinta de los Lezica. Se que por nada en el mundo las vendería. Después desayunamos en el bar de enfrente: café con leche y medialunas.  Cuando sea grande yo también quiero contar historias.

Ley del Talión

 Ley del talión Lourdes es una mujer pequeña, orgullosamente aymara. Habla, para oídos sordos, sobre la tragedia de la que es sobreviviente. Una masacre. Obreros y obreras textiles, la mayoría migrantes, trabajando en condiciones miserables junto a sus hijos, en uno de los tantos talleres clandestinos. Maltrato, desidia, esclavitud en pleno siglo XXl. Mientras narra la historia para quienes no quieren escuchar, las palabras van saliendo de su boca como humo de cigarro. Una neblina cada vez más oscura envuelve a quienes pasan sin mirar. El calor es sofocante. Falta el aire. Es ahí cuando Lourdes se convierte en una llamarada poderosa que arrasa y deja  a los indiferentes mortalmente atrapados.

Los duendes de la primavera

  Los duendes de la primavera Ustedes ya saben que los duendes son esos seres mágicos vestidos de verde con botones colorados y escarpines con punta. También saben que viven en los bosques, que alrededor de los treinta y cinco años dejan su infancia para entrar en la adolescencia que dura solo ciento un años más.  De esos duendes, les voy a contar hoy una historia. Una historia de duendes, en un país de duendes. Un país muy frío, siempre blanco de nieve.  Las mamás y los papás duendes se la pasaban tejiendo saquitos, calcetines, calzones y calzoncillos largos para mantener abrigada a su familia.   Y todos los demás, viejos, adultos, niños y bebés cortaban leña para armar fogones y recogían frutos para alimentarse. No había tiempo para divertirse, para jugar o para dejarlo simplemente transcurrir. Hacía muchos años que no se los oía reír ni cantar.  Largo tiempo atrás un rey había llegado de “Nadiesabedonde” y gobernaba el país de los duendes.  No permi...

Doble vida

  6a.m. salto de la cama, ducha, lavado de dientes, ropa ya elegida la noche anterior para no perder tiempo. Dos mates , tres tostadas. Todo en automático. Increíble como el tiempo es, a esas horas, una bandita elástica. un rato más debajo del agua tibia puede hacerme llegar diez minutos tarde. No me lo puedo permitir. Mochila y afuera. Los porteros lavan la vereda intercambiando chorros de agua y los últimos chismes del barrio; los saludo mientras sigo paso firme hacia la parada del colectivo. La fila es eterna. Muchos de los pasajeros tienen nombre en mi cabeza: la desmayada, el fortachón, el ekeko y así; tomo lista. Palpo los bolsillos buscando la Sube. El chofer sonríe, es amable… ¡es el actor de stand up que vi anoche en el teatro! ¿será que aún estoy dormida? No se si pedirle que cargue mi tarjeta o un autógrafo.¿Sooos vos? ¡Si! grita alguien, más atrás, ¡Un actorazo! Llego a decirle que me encantó y el me sonríe tímidamente. En segundos vuelve a ser el chofer, como en esas d...

Susurros

Imagen
La poesía no sirve para nada. Qué hacemos con este susurrador en mano, yendo de acá para allá, ofreciendo poesía como quien ofrece pañuelitos o curitas, pero gratis. De vez en cuando, alguien te mira con ojos desorbitados cuando le preguntás si quiere escuchar una poesía. A veces ni te responden y apuran el paso. Igual seguimos, hoy en la plaza, ayer en una marcha, otro día en una asamblea… También hay circunstancias felices, niños y adultos que buscan a las susurradoras, que nos traen de la mano a otros, para que pasen por la experiencia. Hay muchos que te dicen: es lo que necesitaba escuchar, otros respiran hondo como para nutrirse del aire poético que les acaba de llegar. Hoy, colocan en mi barrio una baldosa de la Memoria. ¿Todavía siguen con las baldosas? pregunta un tipo que pasa entre fastidiado y desafiante, pero se va porque nadie le contesta. El grupo se sigue nutriendo de gente y más gente. Parece increíble pero en este momento, poner una baldosa, hacer un acto por un desapa...

Torrente

  Torrente Arden casas y bosques,  las comunidades sin sus tierras. Arden de odio los que embrollan con dichos para la sedienta codicia de unos pocos. Arden monstruos nacidos del hambre, la soledad y el silencio. Entonces, alguien sale a la calle, se encuentra con otros que miran a los ojos, eligen las palabras hasta dejarlas limpias; uno comparte el mate, otro inventa cantos honrando este suelo que pisamos, el aire que viene a darnos la vida, generoso el agua que es de todos y la quieren para unos pocos. Si hace frío, si pinta el miedo,  hay manos que se tienden y abrazos que rearman. De pronto la calle es un mar de cabecitas con olas de brazos en alto,  un torrente que viene a apagar tanto fuego.

En la calle

  En la calle Algunos tentados por las roscas, cosquilleos de poder, corroen las palabras, solidaridad que no solidariza, progreso que no progresa. La calle espera.   En la olla inmensa no hay guiso para todos. Por momentos la justicia es solo horizonte, servida allá lejos para algunos. La calle espera.    Democracia es llevada a la rastra, en una camioneta sin patente, patadas sin nombre.   Ojos que no saben que miran. La calle espera   Democracia es  un nene que llora de hambre al lado de su mamá, sentados a la puerta del supermercado, esperando dejar de ser invisibles. Mientras, abajo, día a día, chiquito, alguien da de comer, enseña, cura,  parte el pan y la poesía. La calle deja de esperar y nos bendice: Bienaventurados los que no creen sin reflexionar, los que caminan juntos, los que hacen un lugar a otros, los que están en la calle  defendiendo el espacio de todos.

Taller de otoño. Desafío de escritura de Araceli Campana

 Con una consigna por día, me fueron saliendo estos textos... Qué podría comprar para comer, una semana sin tarjetear? Cómo vuelvo de Constitución a las 2a.m.? Cerré la llave del gas? Cuándo me tendría que venir? Habré dicho algo que le dolió? Guau! Ya tacho esto de ponerme los zapatos de mi humana! El vecino de enfrente parece estar vigilando detrás de las cortinas. En cuanto ella sale a la calle, ahí va él, detrás suyo. Apura el paso, no llego a escuchar lo que dice, pero algo le susurra al oído. Lo extraño es que su brazo derecho se va transformando en un ala grande y blanca que se arrastra por la vereda, la cual denota sus intenciones y también su edad. Vieja, increíblemente vieja. Muy cerca del espejo, cientos de surcos van trepando por las mejillas, los párpados. Por dentro están todas las que fui: la niña que juntaba hormigas descarriadas, la mujer que acunaba a sus hijos, la que inventaba palabras, Ellas siguen estando, conversan conmigo y hacen valer cada arruga , cada pli...

Subte

Imagen
                                            Foto Aoreste, Pixabay Subte, poema publicado en el suplemento literario de la Revista Trinchera, diciembre 2023   Wislawa está sentada a la orilla de un río, yo la imagino   en uno  del sur bordeado de álamos dorados y piedras que brillan desde el fondo.   La mirada vuelve gustosa sobre las palabras, se abren las puertas del subte.   El libro espera un poco más entre las manos.   Una coreografía de dedos se despliega sobre las pantallas, mientras, busco un lugar donde sentarme.   Un músico, con su guitarra y su voz  trae Ojalá, juega a ser Silvio, y Wislawa vuelve a estar en esa orilla ahora, llorando tu ausencia.

Del otro lado del mar

Imagen
  Primera mención Concurso Internacional Literario Fundación Resifro 2023 Del otro lado del mar Nadie duerme, la noche se ha comido los sueños. Ojos abiertos como preguntas, como pájaros. La noche se ha comido las palabras, son un puño  que aprieta el corazón. Me duele el tirón de orejas que alguna vez te di, me alivia el sonido de tu risa junto a la mía,  me lleva  un barquito de papel navegando en los charcos que alegraban la tarde. Hoy un barco inmenso en un mar desconocido  se llevará a mi niño para siempre. Arrullada con cuentos de finales felices, cuidaré tu patria de infancia, de palabras amorosas, de gestos, de comidas. Allá todo será nuevo, tu sangre joven aleteará  buscando una vida plena, lejos de esta casa de piedra, de este pueblo tan pequeño que ni los sueños caben. Bajaré algún día  a conocer ese mar que nos separa, le pediré a las olas que te alcance el calor de mi abrazo por si te hiciera fal...
Imagen
  "Libélula" forma parte del libro Juego de Amigas Ed. Artilugios, 2023 Libélula  Cruza el otoño por la avenida, al fresno le tiemblan sus hojas amarillas, el arce coquetea con sus rojos, llueven flores rosadas de palo borracho; la pobre bicha no sabe a quién mirar, y ahí va, de una orilla a otra, espejando al sol con su aleteo, en su efímera vida de insecto.  

Bucaresti

Imagen
  Mi primer viaje a otro país y a otro continente. Una temporada con la boca y los ojos abiertos, como si fuera niña otra vez. Todo tan nuevo que hasta mis sueños cambiaron de temas, formas y colores. ¡Otro idioma! Cuando lo escucho, también pienso en los sueños:  reconozco palabras pero no llego a entender de qué están hablando.  Estoy en el barrio Cotroceni, en el sector 6 de la ciudad de Bucarest, una ciudad casi redonda, un barrio más redondo aún, tanto que la calle por la que camino, la Strada Dr Louis Pasteur, pega la vuelta. Hay muchas casas señoriales, de dos plantas, con techos de tejas, jardines que dan a la calle cubiertos de enredaderas, entre otras de corte moderno, amplias con inmensos ventanales. Las veredas son angostas, un poco por el ancho real y otro porque los autos se estacionan montados . Es otoño, y la maravilla de castaños, hayas, magnolias, plátanos y jaboneros de China me llenan los ojos de verdes, dorados, naranjas. Caminar por esas callecitas e...

Tres rosas amarillas

Imagen
  Aterrizar en Madrid después de pasar una temporada en otro país con un idioma diferente, fue como caer en los brazos de mi madre. Volver a escuchar las frases que entiendo, captar la ironía, los chistes, poder leer todos los carteles, fue  algo así como haber mirado largo rato alguna de esas imágenes 3D que parecen ser solo diseños extraños hasta que por fin se despliega la imagen real.  Íbamos a cenar y, de paso al restaurante, encontré  la vidriera de una librería que me recomendaron: "Tres rosas amarillas". Aunque estábamos apurados, quise entrar. No podía dejar de mirar. Como si hubieran puesto ahí mis objetos preferidos: libros pop-up y móviles. Necesitaba atesorar lo que veía. No alcanzaba con mis ojos. Como si buscara más bolsillos para guardar puñados de monedas de oro, pensaba en otros ojos queridos que me ayudaran a guardar esas imágenes.  Como para poder salir de ese trance, abrí el libro que tenía enfrente. Apareció entonces una hoja negra troquela...